Traducción

The Sea Lady, de H. G. Wells

Fragmento de la novela The Sea Lady, de H. G. Wells.

La señora Bunting y la señorita Glendower estaban demasiado instruidas en las normas de la buena sociedad (que, como sabe todo el mundo, es de lo más variopinta incluso en el mejor de los casos) como para indagar en exceso sobre la situación y el estilo de vida de la Señora del Mar, sobre dónde residía exactamente en su lugar de origen o sobre a quién conocía o dejaba de conocer. Sin embargo, todas se morían de ganas de saberlo, cada una a su manera. La Señora del Mar no facilitaba ningún tipo de información; se contentaba con una superficialidad indefinida y de lo más amena, elegante a más no poder. Manifestaba que le encantaba la sensación de estar al aire libre y seca por fuera, y disfrutaba del té con especial fruición.

—¿Es que no tienen ustedes té? —se sorprendió la señorita Glendower.

—¿Cómo podríamos tenerlo?

—Pero ¿de veras que…?

—Nunca lo había probado. ¿Cómo se figura que pondríamos el agua a hervir?

—¡Qué mundo tan extraño y tan fantástico debe de ser! —exclamó Adeline.

La señora Bunting afirmó:

—Yo no me imagino un mundo sin té. Es peor que… Quiero decir que me recuerda a… al extranjero.