Relato ganador en 2018 del concurso Historias Vascas, de Zenda, en la categoría de castellano.
Cuando el sistema de megafonía del Aquapark se activa con un chirrido ese sábado, 12 de julio de 1997, Zuriñe se está comiendo un Frigopié. Hace tanto calor que no se puede dar un solo paso sin chanclas.
Todos los años, al final de las vacaciones, cuando tienen la piel lo suficientemente tostada como para aguantar tantas horas seguidas bajo el sol, su madre hace una tortilla y se van a pasar el día al Aquapark de Torrevieja. Para Zuriñe, ese es el momento más esperado del verano.
El viaje hasta la Dehesa de Campoamor, donde sus abuelos tienen una casa de veraneo, dura casi once horas. Salen de Getxo cuando aún no ha amanecido para evitar el tráfico de Madrid y antes de partir su padre se asegura de mirar bajo el coche por si hubiera algún gatito escondido. Durante las primeras horas, el desvaído círculo blanco de la luna escolta al coche en su avance por la carretera. El Renault 19 rojo matrícula de Bilbao vuelve siempre de las vacaciones con un rayón nuevo en la carrocería.
El día del Aquapark después de comer la obligan a esperar antes de volverse a montar en los toboganes. Zuriñe es hija única y tiene que entretenerse por su cuenta mientras sus padres echan la siesta. Se ha puesto tan pesada que le han dado cincuenta pesetas y le han dejado ir sola por primera vez a comprar un Frigopié. Se pasea entre las piscinas protegida por el escudo blanco de la crema, arrastrando las chanclas rojas que le ha cogido a su madre sin que se entere. Va desdibujando el contorno del Frigopié con lametones lentos y concienzudos, girando el helado hacia un lado y hacia el otro, reservándose los dedos para el final. Le gusta atacarlos cuando están a punto de empezar a derretirse, reblandecidos por el calor del mediodía levantino. La digestión es un fastidio. A esas horas hay mucha menos cola y habría podido subirse a varias atracciones seguidas. Prefiere montarse con su madre: su padre pesa tanto que se quedan atascados y tienen que darse impulso con las manos para bajar por los toboganes. Por desgracia, normalmente se tira con él, porque su madre prefiere quedarse leyendo en la toalla.
Va donde las ranas, que no son de verdad, sino de piedra, y sueltan chorros de agua sin previo aviso. De pequeña, Zuriñe correteaba entre ellas gritando «¿A que no me pillas, a que no me pillas?», pero hoy hace tanto calor que lo que quiere es refrescarse con los chorros. Babas de rana, piensa, y se ríe. Deja las chanclas junto a la entrada y accede al recinto vacío. El suelo de piedra está refrigerado por el agua que escupen las ranas y en algunas zonas se han formado pequeños charcos. Decide que se permitirá dar una chupada al Frigopié, a modo de premio, cada vez que consiga que la moje alguna de las ranas.
Está a punto de lanzarse a por el dedo gordo cuando una voz metálica empieza a hablar por megafonía. A veces se pierde algún niño y los socorristas tratan de localizar a sus padres de esa manera. Zuriñe solía pensar que, si los padres no acudían a la llamada, el niño tendría que quedarse a dormir en el Aquapark con los socorristas y podría montarse en las atracciones un montón de veces sin hacer cola ni nada y vaya morro. A veces incluso le daban ganas de perderse aposta, pero ahora que es mayor le daría pena que sus padres pudieran preocuparse.
Ese día, sin embargo, el mensaje entrecortado que vierte la megafonía es distinto. Zuriñe no entiende muy bien qué ha pasado —parece que han matado a un ángel blanco—, pero comprende que la voz seria y temblorosa que brota de la megafonía del Aquapark está pidiendo un minuto de silencio. No le resulta extraño. A menudo a la hora del recreo el colegio entero se congrega en un círculo en el patio y todo el mundo se queda callado hasta que los profesores dicen que ya pueden irse a jugar. Zuriñe no entiende de qué sirve guardar silencio por una persona muerta —mejor rezar—, pero obedece. Una vez sacó el bocata y empezó a comerlo sin hacer ruido, pero su profesora la vio desde el lado opuesto del círculo y la miró con tal severidad que dejó de masticar. El pan y el chorizo se le hicieron una bola y la tuvo que tirar a la basura al concluir el minuto de silencio.
Zuriñe se queda inmóvil frente a una de las ranas. Allí no hay profesoras, así que empieza a contar hacia atrás muy despacio por miedo a equivocarse: 60, 59, 58… Los rayos del sol se descargan sobre el dedo gordo del Frigopié, que empieza a derretirse lentamente. 36, 35, 34… Zuriñe es testigo del proceso con un sentimiento de impotencia que le llena los ojos de lágrimas. 18, 19, digo 18, 17, 16… El dedo gordo se ha desintegrado y el Frigopié está ya irreconocible. 9, 8,7… El helado empieza a chorrear y el líquido rosa se le escurre entre los dedos. Cuando llega a 0, la rana frente a la que se encuentra le dispara al ombligo un chorretazo de agua helada y del sobresalto se le cae el helado de la mano.
Zuriñe echa a correr descalza sobre el pavimento achicharrante y llega dolorida y hecha un mar de lágrimas donde sus padres, que ya se han despertado de la siesta. Su padre, de pie junto a la tumbona donde está sentada su madre, no deja de menear la cabeza. A su madre se le escapan las lágrimas y la abraza con tanta fuerza que a Zuriñe le duele el pecho. Le ha debido de dar mucha pena también a su madre lo del Frigopié, porque le compra otro sin que Zuriñe se lo pida. Su padre ha tenido que ir donde las ranas a coger las chanclas.
