Traducción

El extraño parágrafo

Traducido para el número 35 de la revista Texturas, de la editorial Trama.

Puesto que es bien conocido que los Reyes Magos eran sabios y procedían de Oriente, dado que el señor Impredecible Cabezabala venía del Este —es decir, también de Oriente— se deduce que el señor Cabezabala era un hombre sabio. En caso de precisar alguna otra prueba, hela aquí: el señor Cabezabala era director de periódico. Su irascibilidad era su única flaqueza, pues la obstinación que se le reprochaba estaba lejos de ser su punto débil: él la consideraba, y con razón, su punto fuerte. Era su fortaleza, su virtud, y habría sido necesaria toda la lógica de alguien como Orestes Brownson para convencerlo de que su obstinación era «cualquier otra cosa». Queda, pues, probado que Impredecible Cabezabala era un hombre sabio, y la única ocasión en la que demostró no ser infalible fue cuando, al abandonar aquel hogar legítimo de todos los hombres sabios, el Este —es decir, Oriente—, emigró a la ciudad de Alejandromagnópolis, o a algún sitio de nombre similar, en el Oeste.

En honor a la verdad, sin embargo, debo reconocer que cuando al fin decidió asentarse en aquella ciudad lo hizo creyendo que en esa zona del país no existía ningún periódico ni, en consecuencia, ningún director de periódico. Cuando fundó La Tetera pensaba que no tendría competencia. Estoy convencido de que jamás habría soñado con establecerse en Alejandromagnópolis de haber sabido que en Alejandromagnópolis vivía un caballero llamado John Smith, si mal no recuerdo, que llevaba allí muchos años amasando una fortuna discretamente gracias a la edición y publicación de La Gaceta de Alejandromagnópolis. Por lo tanto, el señor Cabezabala se encontraba en Alej… llamémosla Nópolis, para abreviar, únicamente porque estaba mal informado. Sin embargo, dado que ya estaba allí, resolvió hacer honor a su carácter obst… firme y quedarse. Y eso fue lo que hizo, entre otras cosas: desembaló su imprenta, sus tipos, etcétera, etcétera; alquiló una oficina justo enfrente de la de La Gaceta y, tres días después de haber llegado, lanzó el primer número de La Tetera de Alej…, es decir, de La Tetera de Nópolis (hasta donde alcanza mi memoria, eseera el nombre del nuevo periódico).

Debo admitir que el editorial era magnífico, por no decir inclemente. Se mostraba especialmente resentido con todo tipo de asuntos en general y despedazaba, en particular, al director de La Gaceta. Algunas de las apreciaciones de Cabezabala eran tan sumamentedespiadadas que, desde entonces, cada vez que miro a John Smith, que aún vive, no puedo evitar ver una salamandra. No aspiro a reproducir palabra por palabra todos los párrafos de La Tetera, pero uno de ellos reza como sigue: «¡Oh, sí! ¡Oh, por supuesto! ¡Oh, qué duda cabe! ¡El director del periódico de enfrente es un genio! ¡Oh, señor! ¡Oh, Dios mío, mi Señor! ¿A qué estamos llegando? ¡Oh, tempora! ¡Oh, Azores!».

Una filípica semejante, tan corrosiva y tanclásica al mismo tiempo, prendió como la pólvora entre los habitantes de Nópolis, que hasta aquel momento se habían comportado como seres pacíficos; en las esquinas de las calles se congregaban grupos de individuos exaltados; todo el mundo aguardaba, con franca preocupación, la respuesta del circunspecto Smith, que a la mañana siguiente decía así:

Citamos de La Tetera de ayer el párrafo siguiente: «¡Oh, sí! ¡Oh, por supuesto! ¡Oh, qué duda cabe! ¡El director del periódico de enfrente es un genio! ¡Oh, señor! ¡Oh, Dios mío, mi Señor! ¿A qué estamos llegando? ¡Oh, tempora! ¡Oh, Azores!». ¡Semejante dechado de oes! Eso explica que el tipo razone en círculos y también por qué ni él ni lo que escribe tienen ni principio ni final. Dudamos que este vagabundo sea capaz de escribir una sola frase que no contenga una o. ¿Quizá tenga por costumbre esto de las oes? A propósito, vino de Nueva Inglaterra con gran precipitación. ¿Quizá se tuvo que marchar por moroso? ¡Oh, qué pena!

No me aventuraré a describir la indignacióndel señor Cabezabala ante aquellas escandalosas insinuaciones. Sin embargo, como la anguila —que, como dice el proverbio latino, está acostumbrada a que la desollen—, no pareció que aquel ataque a su integridad lo hubiera indignado tanto como cabría imaginar: lo que lo condujo al borde de la desesperación fue que se burlaran de su estilo. ¿Que él, Impredecible Cabezabala, no era capaz de escribir una sola frase que no contuviera una o? ¡Pronto enseñaría a aquel impertinente que estaba equivocado! ¡Sí! ¡Le enseñaría a aquel arrogante cuán equivocado estaba! Él, Impredecible Cabezabala, de Batracium[1], haría ver al señor John Smith que él, Cabezabala, podía componer, si le venía en gana, un párrafo entero, más aún, un editorial entero en el que aquella despreciable vocal no hiciese acto de presencia ni una vez, ni una sola vez. No: eso supondría darle la razón al citado John Smith. Él, el señor Cabezabala, no alteraría su estilo en modo alguno para satisfacer los caprichos de ningún señor Smith habido o por haber. ¡Dios lo librase de semejante idea! La prevalecería: el señor Cabezabala persistiría en su uso de la o. Introduciría cuantas oes le fuese posible.

Ardiendo con la gallardía de su determinación, el gran Impredecible, a partir de ahora «La Tetera», se limitó a publicar el párrafo siguiente, simple pero resuelto, en referencia a aquel desafortunado asunto:

El editor de La Tetera tiene el honor de comunicar al editor de La Gaceta que aprovechará (La Tetera) la ocasión que le brinda el periódico de mañana para convencerle (a La Gaceta) de que puede ser y será (La Tetera) su propio maestro en lo concerniente al estilo; que pretende (La Tetera) demostrarle (a La Gaceta) el desprecio supino y, más aún, abrasador que sus críticas (las de La Gaceta) inspiran en su pecho independiente (el de La Tetera) mediante la composición, para su especial gratificación (¿?) (la de La Gaceta), de un editorial de cierta extensión en el que su más obediente y humilde servidor (el de La Tetera con respecto del de LaGaceta) no evitará en modo alguno la hermosa vocal —emblema de la eternidad— que tan ofensiva resulta para su hiperexquisita delicadeza (la de La Gaceta). ¡Se va a enterar de lo que vale un peine!

Para cumplir con aquella horripilante amenaza, que había sugerido en tono enigmático más que pronunciado abiertamente, el gran Cabezabala, haciendo oídos sordos a todas las voces que le suplicaban que entregara el manuscrito, y limitándose a invitar a su capataz a irse «al d—-o» cuando le aseguró (¡el capataz a La Tetera!) que ya era hora de ir a imprenta; haciendo oídos sordos a todos, digo, el gran Cabezabala estuvo trabajando como un loco hasta el amanecer, absorto en la composición de aquel párrafo sin igual, que así reza:

John, es poco ortodoxo, pero… ¡no os soporto, so molondro! No conozco bobo como vos: sois soso como un cogollo de col, como un trozo de corcho, como un manojo mohoso de brócol. ¡Socorro! Vuestro monótono monólogo, como el cloroformo, solo me provocó hondosopor. Sois un loro, un mono, un tordo, un zorro, un oso. ¡Un moscón! Corroboro: sois roñoso, poltrón, pomposo y orondo como un globo. Os propongo un pronto retorno al boscoso y frondoso Concord de los colonos, con los olmos, con los corzos, con los hongos, con el lodo ponzoñoso. No zozobro, John, y, como colofón, no me controlo y prorrumpo: ¡tontorrón!

Exhausto, como es natural, por un esfuerzo tan sobrehumano, el gran Impredecible no pudo ocuparse de nada más aquella noche. Con firmeza, con entereza y no sin un cierto aire de ser consciente de su poder, entregó su manuscrito al aprendiz que aguardaba y después de volver a casa caminando tranquilamente se acostó con dignidad indescriptible.

Mientras tanto, el aprendiz a quien había sido encomendado el texto subió con gran premura las escaleras, corrió hasta su caja de tipos y empezó a componer el manuscrito inmediatamente.

Primero, por supuesto —dado que la palabra inicial era «John»—, fue a coger de su sitio la j mayúscula y sacó, efectivamente, una j mayúscula. Exultante por aquel triunfo, se lanzó inmediatamente y con impetuosidad ciega a por la o minúscula, pero cuál fue su horror cuando sus dedos resurgieron sin aquella letra anticipada; cuál fue su asombro y su rabia cuando, al frotarse los nudillos, percibió que se los había estado golpeando en vano contra el fondo de una caja vacía. No había ni una sola ominúscula en la caja de la o minúscula y, al dirigir la vista, presa del miedo, al hueco adyacente de la o mayúscula, se la encontró, para su gran espanto, en exactamente el mismo aprieto. Anonadado, su primer impulso fue correr donde el capataz.

—¡Señor! —exclamó sin aliento—. ¡Que sin la o no voy a poder montar nada!

—¿Qué quieres decir con eso? —gruñó el capataz, que estaba de muy mal humor por haber tenido que quedarse trabajando hasta tan tarde.

—¡Pues porque no hay ni una sola o en la oficina, señor! ¡Ni grande ni chica!

—Pero ¿qué d—–s ha pasado con todas las que había en la caja?

—No lo sé, señor —respondió el muchacho—, pero uno de los aprendices de La Gaceta se ha pasado toda la noche acechando por aquí. Me da a mí que se las ha rapiñado todas toditas.

—¡Que me aspen! No me cabe ninguna duda—contestó el capataz poniéndose morado de rabia—; pero te voy a decir lo que tienes que hacer, Bob, escúchame bien. En cuanto puedas te vas para allá y te pones a arrancar hojas.

—Eso está hecho —contestó Bob, guiñando el ojo y frunciendo el ceño—. Iré y les enseñaré lo que es bueno, pero, mientras tanto, ¿qué hacemos con el parágrafo este? Tiene que estar esta noche, ya sabe. Si no, la pagaremos…

—… muy cara —interrumpió el capataz con un profundo suspiro y haciendo hincapié en el «muy»—. ¿Es largo el párrafo, Bob?

—Pues tampoco es que sea demasiado largo —opinó el muchacho.

—¡Ah, estupendo, entonces! —se alegró elcapataz, que estaba hasta arriba de trabajo—. Apáñatelas lo mejor que puedas, tenemos que llevarlo a imprenta. Pon alguna otra letra en vez de la o, que total nadie va a leerse las sandeces de este tipo.

—De acuerdo, ¡allá que me voy! —respondió Bob, y se marchó corriendo a la caja de tipos mientras murmuraba—: Vaya palabras más feas, sobre todo en boca de un hombre que no maldice. Conque arrancarles los ojos, ¿eh? ¡Y hasta las tripas, si hace falta! ¡Bien! ¡Soy el tipo ferpecto para este encargo!

Lo cierto era que, aunque no llegaba ni a los doce años ni al metro veinte de estatura, no había pelea en la que el pequeño Bob no diera la talla.

La emergencia aquí descrita no es poco habitual en las imprentas; y, aunque desconozco el motivo, es un hecho indiscutible que cuando se da esta situación la letra que se emplea como sustituta de la que falta suele ser la x. La auténtica razón quizá sea que la x es la letra que más abunda en las cajas; o por lo menos así era antiguamente, desde hace el tiempo suficiente como para que la sustitución en cuestión se haya convertido en una práctica habitual entre los impresores. Para Bob habría sido una herejía usar cualquier otra letra en una circunstancia de este estilo en lugar de la x a la que estaba acostumbrado.

—Tendré que llenarlo enterito de x —se dijo asombrado al leer el texto—, porque es el parágrafo con más oesque he visto en toda mi vida.

Así que lo llenó de x sin inmutarse, y a imprenta fue lleno de x.

Al día siguiente los habitantes de Nópolis se sorprendieron al leer en La Tetera el extraordinario editorial:

Jxhn, es pxcx xrtxdxxx,perx… ¡nx xs sxpxrtx, sx mxlxndrx! Nx cxnxzcx bxbx cxmx vxs: sxis sxsx cxmxun cxgxllx de cxl, cxmx un trxzx de cxrchx, cxmx un manxjx mxhxsx de brócxl. ¡Sxcxrrx! Vuestrx mxnótxnx mxnólxgx, cxmx el clxrxfxrmx, sxlx me prxvxcó hxndxsxpxr. Sxis un lxrx, un mxnx, un txrdx, un zxrrx, un xsx. ¡Un mxscón! Cxrrxbxrx: sxis rxñxsx, pxltrón, pxmpxsx y xrxndx cxmx un glxbx. Xs prxpxngx unprxntx retxrnx al bxscxsx y frxndxsx Cxncxrd de lxs cxlxnxs, cxn lxs xlmxs, cxnlxs cxrzxs, cxn lxs hxngxs, cxn el lxdx pxnzxñxsx. Nx zxzxbrx, Jxhn, y, cxmx cxlxfón, nx me cxntrxlx y prxrrumpx: ¡txntxrrxn!

El alboroto ocasionado por aquel editorial místico y cabalístico es inconcebible. La primera idea indudable que albergaron los vecinos fue que los jeroglíficos escondían alguna traición diabólica, y todo el mundo corrió a casa de Cabezabala con el propósito de someterlo alcastigo popular de sentarlo sobre una barra sujeta sobre los hombros de dos personas y pasearlo por la ciudad de aquella guisa. Sin embargo, no encontraron al caballero por ninguna parte: se había esfumado sin que nadie supiera cómo, y desde entonces no se ha visto ni siquiera su fantasma. Incapaz de descargarse sobre su objeto legítimo, la furia popular terminó remitiendo, y dejó a su paso, a modo de sedimento, una buena mezcla de opiniones acerca de este desafortunado asunto.

Un caballero opinó que se trataba de una broma «excelente». Otro dijo que, sin duda, Cabezabala había hecho gala de una imaginación exuberante. Un tercero admitió que era excéntrico, pero nada más. Un cuarto supuso que se trataba del estilo yanqui de expresar, de forma general, su exasperación.

—Quizá tenía expectativas de pasar a la posteridad —sugirió un quinto.

Era evidente para todos que Cabezabala se había visto obligado a tomar medidas extremas; y, de hecho, puesto que aquel director de periódico había desaparecido, algunos barajaron la posibilidad de linchar al que quedaba.

La conclusión más habitual, sin embargo, fue que el asunto era sencillamente extraordinario e inexplicable. Incluso el matemático de la ciudad se confesó incapaz de resolver un problema tan inextricable. La x, como sabía todo el mundo, representaba una cantidad desconocida, pero en aquel caso, según observó debidamente, había una cantidad desconocida de x.

La opinión de Bob, el aprendiz (que se guardó el detalle de que había sido él quien había llenado de x el parágrafo), no recibió tanta atención como creo que merecía, aunque la expresó abiertamentey sin miedo alguno. Afirmó que él, por su parte, no albergaba ninguna duda sobre el asunto: que estaba claro que «nunca habían podido convencer al señor Cabezabala para que bebiera como los demás: pimplaba en exceso la cerveza más fuerte, la de las tres x, y, como era natural, se infló tanto que al final… explotó».


[1] Poe a menudo se refería a Boston, su ciudad natal, como «Frogpondium», en referencia al estanque lleno de ranas que había en el Boston Common, el parque más antiguo no solo de la ciudad, sino de los Estados Unidos. (N. de la T.).